¿Qué es el silencio? ¿El silencio se puede escuchar? ¿O acaso oír? ¿Se puede tocar? ¿En qué consiste el silencio corporal? ¿Escuchar el silencio es lo mismo que MEDITAR? ¿A cúantos se les ha pasado esa idea en la cabeza? ¿O acaso se calma la mente cuando se duerme? ¿O tampoco?

El silencio no tiene nada que ver con la ausencia de ruido, está más relacionado con la concentración y la plena consciencia.

Según Kankyo Tannier, monja budista zen, (o monja budista 2.0) autora de La magia del silencio, nos muestra como aprender a oír de nuevo (sí aprender a OÍR), el espacio entre las palabras. Aprender a paladear de nuevo: el gusto de un instante, el sabor de un plato, la espuma de los días y el calor del fuego. Aprender a sentir de nuevo: el contacto de las manos, un corazón palpitante, el espacio que se abre y el tiempo que se detiene. En definitiva, resetear nuestros pensamientos y CALMAR LA MENTE en una manera activa y diferente.

Kankyo Tannier, practica el silencio desde hace varios años en una idílica cabaña en los bosques de Alsacia, en plena conexión con la naturaleza y los animales. Tannier parte de esa extraordinaria experiencia, y mediante su libro nos enseña a incorporar la magia del silencio (espiritual y físico) en nuestro día a día para  ayudarnos a mejorar nuestro estado interior sin necesidad de cambiar nuestra vida.

A través de ejercicios sencillos y prácticos, este libro nos conducirá por la senda del silencio y de la felicidad en tres partes:

el silencio de palabras, para poder captar realmente lo que sucede a nuestro alrededor;

el silencio visual, para que nuestra mirada sepa prescindir de sobre información inútil,

y el silencio corporal, para aprender a escuchar lo que nuestro cuerpo nos dice.

En mi post me centraré sobre EL SILENCIO CORPORAL para desarrollar el tema con más profundidad. Veamos:

En muchas ocasiones no somos conscientes de la importancia del cuerpo, no desde una visión estética, desde la certeza de que está en estrecho contacto con la realidad. De manera completamente pragmática, el cuerpo respira, digiere, resuena y experimenta emociones.

El cuerpo y las emociones, pues, están estrechamente ligados. Apartarse del cuerpo permite rehuir cualquier emoción negativa y permanecer en la superficie de las cosas. De ahí la existencia de los males psicosomáticos que a menudo se tratan de una situación de estrés prolongada, de una tristeza sin expresar o de un malestar cotidiano.

Esto puede desembocar en una hipertensión crónica, una úlcera de estómago o un eczema recurrente. Son signos de una emoción no escuchada, que intenta expresarse a toda costa. La emoción acaba encontrando el cuerpo, que, lejos de callarse o de guardar silencio, utiliza entonces toda su inteligencia intuitiva para transmitir el mensaje.

Por ello el cuerpo “patalea, reacciona y grita” a su manera para que actuemos (¿enfermedades psicosómaticas?). En cierto modo, el cuerpo rompe su estado de silencio natural, su armonía original, con el fin de enviarle al cerebro una petición de cambio. ¿No os habéis sentido alguna vez así?

El ser humano está desvalido para tratar esa clase de requerimiento. En la escuela no nos han enseñado a gestionar las emociones, (¿O acaso opináis lo contrario?). No sabemos cómo funcionan los pensamientos, tememos derrumbarnos y preferimos aislarnos de las sensaciones por medio de todas las escapatorias que le ofrece la sociedad moderna.

Por ello es el reino de las adicciones y otros paliativos que permiten aislarse de las emociones que nos desbordan. El cuerpo es olvidado por un reflejo de pura supervivencia, porque no se sabe hacer de otro modo nos aclara Kankyo Tannier.

Uno de los ejercicios que la autora nos propone para volver a activar nuestra presencia corporal es sentarnos en silencio y tomar conciencia de las emociones que sentimos en el cuerpo.

Permanecer en la simple observación de lo que ocurre, por medio de una actitud interior de acogida ilimitada.

Observarlo todo, como si fuéramos un gran espejo curioso, y dejar que todo desaparezca tan deprisa como ha aparecido.

Eso es el amor incondicional, la capacidad de aceptar todo lo que constituye el ser humano en su totalidad. Una vez que hayamos sentido esa emoción amorosa tan tierna por nosotros mismos, podremos envolver a los demás con nuestro calor humano, de manera muy discreta, rebosando de alegría y contagiándola a nuestro alrededor. ¿Se puede?

Sí, se puede. Yo conozco a personas que lo han logrado y otras que lo lograran gracias a los consejos de Tannier. ¿Y vosotros? Estaré encantada de leer vuestros comentarios!

Besos desde mi blog!

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