La fiesta del Magosto, El Halloween en español y los otros

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Mucho se habla de Halloween y la tradición de las fiestas en honor a los muertos, fantasmas y demás seres del más allá. En España, también celebramos el día de todos los Santos, y más precisamente en Galicia, tienen la tradición de la fiesta del Magosto, una palabra que puede venir de Magum Ustum, el fuego mágico, por la luz de las lamparillas que servían para guiar a las ánimas…… aunque ahora se celebra con hogueras, castañas y boniatos acompañados de fiesta, diversión y rituales para la fecundidad, atraer la buena suerte…. Pero no siempre ha sido así.

Imaginad la aparición fugaz de unas luces en el horizonte que van acercándose lentamente hacia una solitaria aldea en medio de la madrugada… De pronto, los pocos vecinos del pueblo, corren asustados a sus casas, donde atrancan puertas y ventanas. Una vez allí, completamente a oscuras, rezan escondidos para ahuyentar a la procesión de difuntos que camina ya entre la niebla, junto a las humildes casuchas del poblado. Son doce ensotanados que no caminan, sino flotan, mientras hacen sonar una mustia campanilla.

Estas escenas fueron habituales en algunos pueblos gallegos durante el siglo XIX. El periodista gallego Claudio Cuveiro se hizo eco de esta ola de pánico en el Almanaque Gallego. El artículo, titulado La Compaña (Preocupaciones del país), explicaba:

“Hay una hora en la noche, la más triste y fatídica; en ella los espíritus, fantasmas y visiones dejan sus ocultas moradas y vienen a este mundo a expiar sus culpas, bañando de terror las mentes de los sencillos labradores […] Poco después de las nueve, empiezan a distinguirse en lontananza multitud de luces que, pausada y majestuosamente, caminan sin rumbo ni dirección fija. Apenas estas luces se divisan en la aldea, cuando un pánico terror se apodera de todos los vecinos; ciérranse las ventanas, atráncanse las puertas, cada uno se encomienda al santo de su mayor devoción y entre la consternación y espanto general escúchanse las voces de: ¡a compaña! ¡a compaña!»

otrosJavier Pérez Campos, autor de “Están aquí. Son Los Otros” (Ed. Planeta), recorrió durante varios días algunos viejos poblados agrícolas de Galicia para reconectar con una cultura fascinante. Allí pudo visitar los petos de ánimas, a las que algunos vecinos aún rinden tributo encendiendo velas para guiarlas o mediante ofrendas que se colocan todavía en orificios perfectamente preparados para esta función. Pudo tocar los cruceiros que servían de protección al pobre infeliz que se topara con la procesión de muertos. En el de Castiñeiras, según algunos cronistas, llegaban a darse cita hasta siete Compañas de siete parroquias distintas que embarcaban desde allí en busca de enfermos a los que llevarse al Otro Lado.

En Cangas de Morrazo (Pontevedra), el autor entrevistó al cronista Gerardo Dasairas, un gran estudioso de la cultura gallega. Según Dasairas, “Eso del Halloween… no es ningún invento americano. Aquí en Galicia ya celebrábamos la fiesta del Magosto, que comenzaba precisamente a finales de octubre. Una palabra que puede venir de Magum Ustum, el fuego mágico, por la luz de las lamparillas que servían para guiar a las ánimas. ¿Y te crees que eso de Truco o trato es una invención americana? ¡Pues no! Aquí en Galicia, cuando empezaba el Magosto, los niños iban llamando a las puertas y pidiendo por las casas. Los adultos les daban castañas y otros frutos de otoño”.

Peto de Ánimas en Cangas de Morrazo (Pontevedra) | Imagen © Javier Pérez Campos
Peto de Ánimas en Cangas de Morrazo (Pontevedra) | Imagen © Javier Pérez Campos

En la década de 1980, el antropólogo Carmelo Lisón Tolosana llegó a pisar algunas aldeas al día siguiente de producirse los avistamientos de la Santa Compaña. El autor pudo hablar con Tolosana, que aún recordaba haber recopilado más de 200 casos que fue distribuyendo con chinchetas a lo largo de un enorme mapa de Galicia que tenía colgado en su despacho. Según su profuso estudio, el 93% de los avistamientos se producían durante la noche y el 82% de los testigos aseguraba sufrir auténtico pánico cuando se topaban con la procesión de difuntos.

También es muy interesante la forma en que estudió los paisajes de las apariciones; así, aseguraba que el 65% de las visiones tenían lugar en lugares sagrados como cementerios o iglesias y el 35% restante en lugares brujeriles, utilizados por las brujas durante siglos para sus aquelarres (encrucijadas, fuentes, ríos…).

En el libro, Javier Pérez Campos, el Autor de “Los Otros” se hablan de diferentes historias verídicas relatadas por el propio autor que ha estado entrevistando e investigando sobre el propio terreno los hechos acaecidos de todo tipo. Como un aperitivo, y para que (si os apetece) los leáis solos o con el libro entero (tengo claro que va a ser una de nuestras lecturas en los próximos días), os avanzo un par de historias que os harán pensar. Vamos allá:

Comida para difuntos

En la región de Las Hurdes, en Extremadura, cientos de personas han vivido encuentros con estos seres sobrenaturales. Allí, durante el 31 de octubre y el 1 de noviembre, algunos vecinos elaboran guisos para las almas que regresan del Otro Lado. El autor de “Los Otros” pudo comprobar cómo en el interior de un restaurante había una mesa reservada para los espíritus de los familiares fallecidos. Dos platos acompañaban a una enorme olla aún humeante.

Javier Pérez pudo localizar a gente como Cristino Crespo, vecino de El Gasco y humilde artesano que, con sus manos ya endurecidas, fabricaba tambores y colgantes que intentaba vender, sin mucho éxito, al despistado turista rural.

– Venía recogiendo casos de gente que dice haberse encontrado con seres misteriosos en el camino– le dijo el periodista tras un fuerte apretón de manos.

– Pues sepa que yo conocí al tío Picholas –dijo observando curiosamente a través de sus grandes gafas de cristal grueso.

Durante el trayecto hacia El Gasco, el autor se topó con esta anciana que continuaba recorriendo a pie los kilómetros que separan algunas alquerías.

El tío Picholas había sido un vecino de El Gasco que en 1945 vivió una experiencia de pesadilla. Ocurrió una noche de otoño en que subió a la montaña, como cada jornada, para hacer carbón. Sin embargo, aquella madrugada no iba a ser como las demás. Según contaría en las fechas sucesivas, de pronto sintió una presencia a su lado. Se dio cuenta entonces de que no estaba solo… Junto a él, había una figura de gran altura y más negra que la noche. Lo que más le llamó la atención fue la forma ahuevada de su cabeza, y que llevaba los brazos pegados a un cuerpo que parecía revestido en un material parecido al bronce. Lo que terminó por helarle la sangre fue el sonido gutural que acompañaba a la aparición. Picholas echó a correr a casa y enfermó de miedo –algo, para nosotros, inaudito, pero que para los hurdanos ocurre muy a menudo como veremos a continuación-.

Durante el trayecto hacia El Gasco, el autor se topó con esta anciana que continuaba recorriendo a pie los kilómetros que separan algunas alquerías.
Durante el trayecto hacia El Gasco, el autor se topó con esta anciana que continuaba recorriendo a pie los kilómetros que separan algunas alquerías.

El testigo bautizó a la aparición como “El tío del Bronci”, y muchos vecinos de la zona volverían a encontrarse con él en fechas posteriores… Siempre rondando por la piedra meteórica de El Gasco.

Otra de las apariciones más típicas de Las Hurdes es la del “Niño Blanco”, que suele aparecerse a las puertas del cementerio de Aceitunilla. Suele ir precedido de una luz intermitente, como un chispazo, y después el sonido de un llanto infantil. En 1987, Juan José Azabal pudo ver junto a 9 amigos a aquella figura: «Allí apareció un ser pequeño, como vestido con una sotana blanca […] Era un cuerpo muy pequeño y rechoncho, tendría menos de un metro. Como si a un recién nacido lo pones de pie».

Florentino Guerrero, quien fue sido alcalde de Casares de las Hurdes, relató al autor con claridad una experiencia que le marcó de niño.

– Estábamos aquí acostados en casa, yo era pequeño, 5 o 6 años tendría. Esa noche se había muerto un vecino que era muy católico… Esto lo vivió también mi hermano – dijo señalando a Luis Guerrero, que afirmaba a su lado ratificando sus palabras.

– ¿Cuántos años habrán pasado de aquello? – les preguntó Javier.

– Más de sesenta… Igual fue allá por 1950 aproximadamente – calculó Luis.

– El caso es que estábamos los dos durmiendo en la cama cuando al rato sentimos un ruido muy fuerte que llegaba por la calle principal. Ninguno sabíamos qué era aquello – continuó Florentino.

– ¿Cómo describiríais el sonido?

– Yo creo que aquello era el demonio. Era algo muy desagradable, como angustioso… Era un llorio inmenso, y en el llorio inmenso flotaban voces de niño, de mujer, de hombre… Pero a grito. Todas a la vez… En conjunto – explicó Florentino con el rostro impresionado.

– ¿Cuánto duró aquello? – inquirió el periodista.

– Pocos minutos… Aquello pasaba por la calle, como una procesión que avanzaba hacia el cementerio. Y sentimos una cosa fría, muy fría que acompañaba a aquellas voces – detallaba Luis mientras su hermano asentía.

– ¿Llegasteis a ver algo o pudisteis explicarlo de alguna forma?

– No, nadie supimos nada. Pero lo oyó mucha gente en el pueblo. La forma en que pasó aquello fue muy rara. Yo no creo que fueran ruidos de persona humana – aseguró Florentino.

– No… Aquello no era cosa de este mundo – concluyó Luis.

 

 

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